NOVENA A SAN CAYETANO DÍA NOVENO

Día Noveno

La Iglesia es la gran familia de los hijos de Dios y deberíamos sentirnos orgullosos de pertenecer a ella.

Lo que solemos denominar como cruz, las cruces, en el lenguaje de la espiritualidad no es otra cosa que los sufrimientos y contrariedades de la vida. La cruz es un hecho de la condición humana, no la inventó Cristo. Solamente a la luz de Cristo, el hecho de la cruz puede ser asumida como espiritualidad. Así comprendemos la llamada de Jesús a tomar su cruz, a cargar cada día su cruz. Porque la cruz no se busca en sí misma, la encontramos en la medida que seguimos a Jesús.

Dios se encarnó en Jesús y hoy quiere encarnarse en cada persona; por tanto, estamos llamados a reconocer la presencia de Dios en cada uno de nosotros y a desarrollar las cualidades que Dios nos ha dado para el servicio, con el sentido de humildad y sencillez que de ello se deriva.

Sin lugar a dudas, a pesar de las exageraciones, la época de San Cayetano fue propicia a valorar la santidad de las personas y surge un interés grande de muchas personas buscando la santidad. La sociedad se impregna del rostro de Dios que se hace presente en los más sencillos y generosos.

De las personas con el rostro de Dios surge la Iglesia, comunión de los seguidores de Jesús. Con Cristo, con Él y en Él. De la Iglesia y en ella hemos recibido la fe y la hemos vivido. Esto no quiere decir que sea perfecta, pero lo hermoso es saber agradecer este don y contribuir a su realización para mejorarla y crecer todos en Cristo.

Hoy sentimos la necesidad de la reformarla como en tiempos de San Cayetano; y la mejor y única manera de reformarla es hacerlo desde dentro y a través de nuestra santidad y servicio. De ella hemos recibido la fe y en ella debemos vivirla.

La Iglesia es la gran familia de los hijos de Dios y deberíamos sentirnos orgullosos de pertenecer a ella. San Cayetano llegó a enamorarse de la Iglesia, aun cuando reconocía que se había prostituido en sus miembros, pero no en la cabeza.

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (Jn 1,7-19)

La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

 En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció.

 Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.

 Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, si creen en su nombre;

 Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

 Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

 Juan da testimonio de él y clama: «Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí: porque existía antes que yo.»

 Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia.

 Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

Palabra del Señor…